El amor, un estado de la materia.

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¿Cómo llamarle a ese momento en el que todas nuestras aspiraciones se hacen realidad y cuando el amor es un estado de la materia, más elevado a cualquier expectativa que tuvimos sobre él?

La belleza del matrimonio fundamentado en la fe, alcanza connotaciones trascendentales que van más allá del compromiso, la consumación, la adquisición de bienes, compartir cuentas y la racionalización del paso siguiente para la practicidad en la vida.

Con poco más de año y medio de casados y con muchísimo que aprender, ya se han disipado aquellos temores sobre perder mi espacio personal, sacrificar mi yo construido, la fidelidad, el sobre apego, la forma de comer, de dormir, de relacionarme y hasta la forma de ir al baño.  Es cierto, comienzan a parecer pequeñeces, pero antes… vaya que tenían peso.

En este tiempo, poco a poco he venido a encontrar algo más profundo, algo que quizá por mi formación había oído mencionar,  pero que parecía utópico.  No sé cómo llamarlo sin sonar pretencioso, pero podría ser algo como dimensión espiritual del amor en el matrimonio.

El proceso de reconfigurar mi pensamiento a dos en lugar de uno, me ha llevado a no solo servir dos cafés en la mañana y a preferir los 2×1, sino que también no puedo concebir la oración sin el nosotros.

Pero claro que existe esa dimensión espiritual, dirán ustedes.  El detalle es que yo lo estoy descubriendo y para mí es noticia de última hora que se está materializando e invadiéndolo todo.  Porque si bien es cierto nadie experimenta por cabeza ajena, yo me esforcé por adelantarme a este sentimiento, pero no fui tan profundo para prever vivir el misterio permanentemente, sentirnos renovados, aliados constantemente con el creador y respaldados por su gracia y su favor. En fin, palomitas en el estómago y pajarillos revoloteando cuando ella abre los ojos todos los días y hasta que la muerte nos separe.

Esto último podría sugerir un arma de doble filo que también se materializa, sabiendo que los votos pronunciados aquella inolvidable tarde de enero no ofrecen, según nuestras creencias, escapatoria alguna. Así es… lo hecho, hecho está.  Y tocará enfrentarlo cuantas veces sea necesario y a pesar de nosotros cuando vengan los malos momentos, porque aunque está claro que nos casamos por amor, también podríamos separarnos utilizando el mismo argumento, pero eso supondría que nos rendimos, que toda la vida hemos creído en cosas desechables y que en realidad no hay tal Dios entre nosotros, olvidando que este tiempo lo hemos visto moverse en nuestra casa y nuestras vidas con la libertad de un propietario.

Ya no le tengo miedo al matrimonio, ni me pregunto si tengo vocación,  a lo mejor es porque estoy muy ocupado viviendo esta escena tan bonita y preparándome para cuando tal vez lleguen las no tan agradables que en nuestro código, serán un pretexto para las famosas reconciliaciones.  El caso es que este desprestigiado “contrato”, “infame trámite”, a veces “ineludible”, “poco práctico” y “sacrificado compromiso”, es ni más ni menos que toda una nueva dimensión, que respaldada por Dios es el feliz destino de nuestras vidas y que hoy vale, vale mucho la pena vivirlo.

 

El programa vigente de Cristo para Todos es “Enójate pero no peques”, ¿Cuál es la mejor receta para evitar el enojo en el matrimonio? Cuéntanos

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sobre el enojo… ¿SABÍAS QUÉ?

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¿SABIAS QUÉ?

Un estudio desarrollado por la Universidad de Guadalajara descubrió que un simple enojo cotidiano te puede hacer envejecer hasta 3 mil veces más rápido.  El estudio descubrió que el estado emocional de la ira afecta directamente al cuerpo elevando la producción de las denominadas “micro-enfermedades-subcelulares”.  Algunos de los resultados arrojan síntomas fáciles de reconocer en la gente que constantemente se enoja, como perdida del brillo en el cabello, aumento del hambre y el peso, exceso de fatiga e incremento de la cantidad de bostezos diarios, además de problemas cardiacos y músculos atrofiados. El estudio determinó también que la felicidad y el enamoramiento son los revierten estos síntomas con mayor efectividad.

Mira el show “Enójate pero no peques” en este link: http://www.youtube.com/watch?v=MSeOA4RMexg

Me molestó hasta la muerte…

MolestoMe molestó hasta la muerte…

Siempre es difícil adaptarse a un nuevo vecindario, a los nuevos vecinos y sus costumbres.  Pero es aún más difícil cuando tienes que soportar al anciano atrevido que desde que te ve la primera vez te pone un sobrenombre.

No tenía ni una hora de vivir en el lugar y ya me habían bautizado con un apodo. Bastó con que pasara en frente de este señor de unos 90 años que vivía justo en la primera casa de la calle, para adoptar el sobrenombre de “Pepito” .

Si… “Pepito” como el de los chistes. “Pepito” me decía con una sonrisita en la mañana cuando me veía salir al trabajo a última hora, “Pepito” me decía levantando la mano en la tarde sentado desde su mecedora, “Pepito” cuando regaba el jardín y me mojaba los pies, “Pepito” cuando ni siquiera lo podía oír decir “Pepito” porque estaba al otro lado de la ventana y corría la cortina para observarme llegar con las compras. En realidad me hacía enojar ese viejo “#”@S%! (Lo admito, a ese punto me hacía enojar).

Un día cuando llegué del trabajo note que había mucha gente en la casa de este señor tan majadero, pero sinceramente lo que más noté era que no estaba allí esperando verme pasar y decirme lo que seguramente consideraba tan gracioso. Don Samuel había muerto.

Durante su funeral me acerqué a darle el pésame a la viuda, que mientras se secaba las lágrimas me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Tú debes ser Pepito”. Si, aún en ese momento de dolor insistían en la pesada broma que resulta que era familiar ¿Se lo pueden imaginar?. Pues bien, aunque me enojó un poco lo dejé pasar por el terrible momento que estaba viviendo esta señora, pero les aseguro que luego el momento terrible lo fui a vivir yo.

Doña Marta, se recompuso un instante, me tomó de la mano y me hizo entender que todo este tiempo había juzgado mal a un gran hombre y que mi egoísmo no me había permitido conocer y hasta quizás reconfortar a don Samuel y a doña Marta, quienes 30 años atrás habían perdido a un hijo en un accidente.

Al parecer habían encontrado gran similitud en mí con José, ese hijo que hacía tanto no miraban y don Samuel al verme pasar le gritaba a doña Marta con gran nostalgia “!Allí va Pepíto!” y luego sonreía.

 

El Show de Cristo para todos es “Enójate pero no peques”. Cuéntanos si alguna vez te has enojado sin razón y cómo te sentiste después, y podrás ganarte un fabuloso premio. Mira nuestro episodio y descubre cómo debe reaccionar un creyente ante las cosas que no le gustan tanto.