¿Buscas la FELICIDAD? Encuentra la VERDAD

Cuando salimos a buscar la felicidad somos capaces de recorrer el mundo, de levantar las piedras más pesadas para mirar si está allí debajo, de explorar toda clase de ideas y personas con el afán de conseguir el definitivo y permanente estado de satisfacción que los finales de Hollywood y las sonrisas en los comerciales de TV llenos de aparatos y lujos nos dicen que existe y que es posible.

Es cierto que todos tenemos un concepto de felicidad particular, pero en general la idea de felicidad se centra en aspectos comunes como la alegría, la abundancia, el éxito y la buena salud, esta última difícil de valorar hasta que se pierde.

Los antiguos pensadores habían tratado de definir claramente qué es la felicidad para hacer más sencilla su búsqueda y reconocimiento. En Grecia le dieron el nombre de Eudaimonia y el filósofo Aristóteles pensaba que venía de la virtud de cada individuo; una mezcla de dones, fortunas y bienes materiales y morales que solo podían ser valorados en suma solo al final de cada vida.

Para los filósofos del lejano oriente la felicidad es un estado que se alcanza logrando una armonía estable en el interior de cada persona, que da una sensación de bienestar que no se altera con el entorno, lo que quiere decir es que sin importar que alrededor exista un caos aquel que consigue la felicidad puede disfrutarla sin verse afectado.

Aunque los griegos y los orientales se acercan mucho a la definición de la felicidad como la entendemos ahora, a la luz del evangelio estas interpretaciones podrían estar inconclusas, pues creemos que la felicidad, está disponible durante toda la vida y no solo para su disfrute al final que para nosotros no es un final definitivo, sino que un nuevo comienzo. Tampoco podríamos alcanzar la felicidad total si estamos sumidos en una egoísta satisfacción mientras nuestro prójimo sufre y mucho menos si empeñamos todo nuestro tiempo y esfuerzo para conseguir cosas y posiciones que nos eleven por sobre los demás.

Cerca del año 400 D.C otro filósofo, Agustín de Hiponema, se preguntaba si la felicidad era realmente posible cuando existen tantos ingredientes y restricciones en una receta aparentemente tan complicada de preparar y degustar. Resultó una bendición que Agustín desde joven tuviera la influencia moral y espiritual de su madre Santa Mónica. Eso permitió que en la palabra y la historia de Dios y su Iglesia descubriera la noción de que la felicidad se encuentra en realidad en la Verdad.

Para San Agustín, la Verdad constituye nos solo una búsqueda incansable, sino una lucha  comprometida con la honestidad de uno y de todos que le trae felicidad a uno y a todos, de allí que escribiera: “Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error”.

El hiponense pensó que la brújula más efectiva en el camino de la búsqueda de la felicidad era la conciencia como un soplo del Espíritu Santo, al respecto dijo: “No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad.” Insistía en el conocimiento de uno mismo para ponerlo todo al servicio de los demás y en el constante cuestionamiento para encontrar respuestas reales  que nos ayudaran a crecer, por eso dijo: “Todo el que cree, piensa. Porque la fe, si lo que cree no se piensa, es nula”. Y jamás dejó la felicidad en manos del conformismo porque dijo: “Conócete, acéptate, supérate “.

San Agustín, como todos los santos, gozaba de una felicidad basada en la verdad conocida a través de la Palabra y del testimonio de la luz de Cristo en sus vidas.  El Salmo 4 nos dice: “¿Quién nos mostrará la felicidad, si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros? tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo”.

Así que si estás en la ruta de la búsqueda de la felicidad para tu vida… recuerda quién es el camino, la verdad y la vida.

Foto by: Robert Collins

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