El mundo necesita más Cuaresma, necesita austeridad.

El Santo Padre en su encíclica Laudato Si, habla de cómo nuestra generación a usado y abusado de la creación poniendo en peligro la Casa Común.  Este despilfarro de los recursos naturales es una muestra de todo lo que hemos de agotar para satisfacer la cultura del “tener” en la que estamos sumergidos, ahogándonos posiblemente.

Consumimos la naturaleza, pero también a nosotros mismos con la explotación de nosotros mismos siendo esclavizados por el trabajo que tiene como único objetivo ganar dinero para comprar objetos que no nos dan libertad.

Como si fuera poco, este consumismo nos ha llevado a relativizar hasta a la mismísima vida humana, poniéndola a la misma altura o por debajo de todo lo razonable y negando la jerarquía dictada en la naturaleza por el mismo Creador.

El valor de las personas parece cada vez más cuantificable según sus posesiones o conexiones que le permiten a otros obtener algo para su egoísta “bienestar” (como si fuera posible estar bien cuando el prójimo no lo está).

Piense por un momento cómo sería el mundo en este momento si todos nos comprometiéramos con la austeridad.

El diccionario de la Real Academia Española define a una persona austera como alguien disciplinado y rigurosamente ajustado a las normas de la moral, alguien sin necesidad de excesos. Definitivamente el mundo en el que viviríamos sería otro, los políticos serían honestos pues no tendrían la codicia de mentir para ganar poder, no habría ladrones porque no existiría la envidia, no habría pobreza porque el afán de no tener más que los demás nos haría compartir.

La cuaresma es un tiempo litúrgico que nos pide austeridad para poder convertirnos.  Una cuaresma bien llevada nos exige dejar el individualismo, la corrupción, los afanes efímeros y los vicios. En pocas palabras cambiar el rumbo que llevamos en el mundo para cambiar al mundo.

El buen cristiano sabe la diferencia entre acumular para tener y ahorrar para compartir. El mundo de hoy necesita más cuaresma que se traduce en justicia social, lo que llamamos amor por el prójimo y que se manifiesta, entre muchas cosas, en el respeto a la vida, en la conservación de la creación y el respeto por todo lo creado para el bien de todos.

 

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