FE Y CONSTANCIA EN TIEMPOS DE CAMBIO

“Nada es para siempre” dice la conocida máxima popular que se refiere a nuestra humanidad cambiante y mortal que toca todo lo que de nosotros depende.

Las ideas, los sentimientos, las situaciones, los trabajos, los gobiernos y hasta la vida misma suele cambiar, a veces de un día para otro sorpresivamente y otras veces en procesos medianos o largos que nos dan la oportunidad de prepararnos.  Mucho de lo que conocemos, con el pasar de los años, rara vez permanece igual.

Así que es natural que no nos sintamos tan cómodos con los cambios. El temor a lo nuevo o lo desconocido es un instinto básico de las personas y suelen estar acompañados de experiencias negativas que nos enseñaron sobre desconfianza o dolor.

Sin embargo, aceptando la naturalidad de los cambios y de nuestras ansiedades ante ellos, pero sobre todo el poco control que tenemos para que no sucedan, nuestra actitud debe estar llena de positivismo y esperanza para enfrentarlos.

En Proverbios 4: 25-27 la palabra nos dice: “Que tus ojos miren de frente, que tu mirada sea franca. Tantea primero el suelo bajo tus pies, para que tu andar sea seguro. No te vuelvas a derecha ni a izquierda, sino que aléjate del mal”.

Esta es una invitación a mantenernos constantes en nuestro camino, un camino que nos lleva muchas veces a través de la misión que Dios nos ha encomendado. Distraernos con el panorama cambiante de la vida solo nos hará perdernos del objetivo primordial que es la salvación.

Hacerlo de forma segura significa revisar constantemente el suelo que pisamos, las botas que llevamos puestas y los pies del que camina.  Esto quiere decir que la oración, la meditación y el escudriño sincero frente a nuestras debilidades son herramientas útiles para que los cambios no nos quiebren el camino dejándonos caer al vacío.

Recuerda que todo lo humano cambia o se transforma, pero que tenemos algo que es eterno y nos basta, el Amor y la misericordia del Padre Eterno.

Cielo y tierra pasarán más su palabra no pasará.

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