¿Por qué los católicos defendemos la vida?

En los últimos años la Iglesia Católica ha sido protagonista en numerosos escenarios políticos y sociales, siendo justamente señalada como la gran defensora de la vida humana. Sobre todo por aquellos grupos que insisten en que ser pro vida es algo malo.

Los católicos se han mantenido claros en que el aborto, la eutanasia, la pena de muerte y otras formas de homicidio no son muertes insignificantes, justas, dignas o terapéuticas en ningún caso y bajo ningún argumento que los grandes negocios pseudo-médicos o los movimientos amorales, liberales o progresistas insisten en posicionar como aceptables.

Gracias a esta coherencia con el valor y la dignidad de la vida humana desde su creación, procreación, desarrollo y muerte según la voluntad divina, es que los católicos somos constantemente etiquetados de retrógrados, intolerantes e ignorantes. Insultos que paradójicamente vienen de quienes piden a viva voz dejar de lado las etiquetas y ser más tolerantes con sus costumbres o criterios.

La defensa católica de la vida no es una nueva moda evolucionada de conceptos aparentemente revolucionarios sobre la cultura y el cuerpo.  Tampoco es producto del empecinado conservadurismo y el disque miedo que tenemos al cambio de poderes, como algunos dicen.  Nuestra objeción a estas peligrosas prácticas e ideas que atentan directamente contra la humanidad es legítimamente un efecto del amor que sentimos por esta misma humanidad y por su creador.

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En el numeral 2258 del Catecismo se dice: “La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente”.

Esta hermosa ampliación del quinto mandamiento que dice “No Matarás” nos exhorta a obedecer la voluntad y el dominio de Dios sobre toda su creación y nos explica con misericordia  el por qué y el propósito de este compromiso con la vida.

Los papas, obispos, curas, religiosos y laicos han puesto alma, vida y corazón en defender esta verdad durante siglos, a pesar de las múltiples presiones y agravios a los que se ven expuestos. Desde la Iglesia se han aportado argumentos sociales contundentes, estudios científicos de peso y numerosos programas educativos y de atención física para preservar la vida de los más necesitados y vulnerables,  convirtiendo la defensa más importante, la de la vida, en una vocación y un testimonio indiscutible.

¿Y tú cómo defiendes la vida?

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