El bien y el mal… ¿Dejaron de existir?

Como padre de familia y tío me llama la atención ver que en los últimos años los programas de televisión infantiles dejaron de tener villanos. Sí, la ejemplificación de la lucha del bien contra el mal parece ser inadecuada. Pedro ya no es Malo, Blutos es más como un vecino incómodo y todos en la escuela son amigos como por arte de magia. Como comunicador entiendo las consideraciones pedagógicas para no alterar en negativo los espacios de esparcimiento y aprendizaje de los más pequeños, pero también reconozco que esta postura termina por dar una visión poco realista del mundo y sus eventuales e ineludibles complicaciones. ¿Será que el bien y el mal dejaron de existir?

Pues para algunos así es, el bien y el mal dejaron de existir o nunca existieron como realidades tangibles y ahora se ven como “conceptos” que se pueden amoldar a diferentes interpretaciones personales.

Este cambio no es parte de una evolución en el pensamiento como algunos románticos quieren explicarlo, sino más bien el resultado de una estrategia que pretende decir que muchos aspectos de la naturaleza humana son producto de la percepción, renunciando así a las reglas de la naturaleza y volviendo amorfa, cambiante y superficial toda nuestra humanidad y por ende degradando nuestra dignidad.

Omitir de plano al mal de la tv o de cualquier otro ámbito que represente a la vida es negar que existe, también que existe el bien como contraposición, relativizando la visión del bien y del mal y aceptando una moralidad cada vez más personal.  La política también ha negado la maldad justificando la imposición de nuevas reglas para vivir basadas únicamente en opiniones.

Los valores judeo-cristianos predican la existencia de un Dios de la moralidad, por lo tanto si Dios dice que algo está mal, entonces está mal sin discusión alguna.  De otra manera, sin la creencia de un Dios como autoridad, la moralidad se convierte en una simple opinión que se amolda a cualquier particularidad.  Toda la civilización occidental y sus avances están cimentados en esta creencia; la abolición de la esclavitud, la libertad y la dignidad de cada individuo defendidos desde la ley y los verdaderos derechos humanos son un ejemplo.

El autor Denis Prager lo explica más o menos de la siguiente manera: ¿El asesinato es un error? ¿Es un acto de maldad? Cualquiera diría que si lo es, pero ¿cómo demostrarlo?

Si le preguntara a alguien que no cree en Dios cómo sabe que la tierra es redonda me mostraría herramientas como fotografías desde el espacio,  datos científicos y medidas, pero si le pidiera que me demuestre con esa certeza que el asesinato es malo no podría, pues esas herramientas, las fotos y las mediciones no muestran al mal, solamente sus consecuencias.

Al no haber datos científicos, solamente pueden haber opiniones sobre moralidad… opiniones de personas u opiniones de sociedades, pero solamente eso… opiniones.

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Un claro ejemplo es el que da un profesor de filosofía para el New York Times el 15 de marzo de 2015 cuando escribió: “¿Qué dirías si descubrieras que en nuestras escuelas públicas (USA) se le enseña a los chicos que no es cierto que matar personas por diversión está mal, te sorprenderías? Yo lo estaría. Pues una abrumadora mayoría de los muchachos pensó que los valores morales son solamente opiniones.”

Esto no quiere decir que si alguien no cree en Dios es una persona inmoral o mala. Muchas personas buenas y morales son ateas, pero la existencia de estas personas no prueba nada con respecto a si existe Dios, el bien y el mal.

Es la existencia de Dios la que define objetivamente que el bien y el mal existen, y que estos no son solo opiniones. Un solo Dios hace que exista una sola visión del bien y del mal, evitando el relativismo moral que propone que la moralidad no es absoluta o que corresponde a la fragil visión subjetiva de un individuo o de una sociedad.

Entonces, sin Dios las palabras bien y mal son solo cosas que “me gustan” o “no me gustan”.  Sin la presencia de Dios la frase “el asesinato es malo” es lo mismo que decir “no me gusta el asesinato”, lo que da pie a campañas con argumentos débiles y falaces como “si no le gusta el aborto no aborte, si no le gusta el suicidio no se suicide”.

San Anselmo de Canterbury explicó cómo la moral se vuelve un tangible gracias a la existencia de Dios diciendo: “al no haber nada mayor que Dios, no puede existir sólo en la mente del hombre, sino que debe ser real.”

Hoy la sociedad está sumida en una confusión sobre la moralidad, pues ha dejado de lado la visión de un Dios como regulador del bien y del mal y de la moral absoluta. Nos toca a los creyentes recordar constantemente las palabras en la Santa Escritura en las que Jesús nos dice: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo –afirma Jesús ante Pilatos–; para dar testimonio de la verdad.  Todo aquel que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37)

 

Fuente: 1. (basado en) Denis Prager, para PragerU 2.Catecismo de la Iglesia Católica.

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