¿ES DIOS UN GENIO MÁGICO DE LOS DESEOS? Declarar o confiar.

Declarar o decretar prosperidad, salud y victoria frente a las vicisitudes de la vida es una filosofía de poder personal y espiritual que ha tomado fuerza en grupos y movimientos en toda la Iglesia.  ¿Es esta una práctica sana?

Durante la mitad del siglo pasado, con la llegada de los tele-evangelistas pentecostales en los Estados Unidos, comenzó una corriente que se denominó teología de la prosperidad. Esta consiste básicamente, en que Dios provee bienes materiales a sus hijos, los hijos del rey que son príncipes, en un trueque de ofrendas que no tiene forma de fallar para sus promotores, pues si quien ofrenda prospera, la teología es efectiva, pero si no ve las ganancias económicas, es solo tu culpa por la falta de fe.

Esta doctrina abiertamente materialista lleva a muchos líderes religiosos a hacer alarde de su supuesto “convenio” comercial con Dios, mostrando toda clase de lujos y excentricidades, que claro está, sirven para vender su posicionamiento y lograr mayores ofrendas de personas en necesidad o ambición. Esto es lo que lleva a tanta gente a ordenar, declarar y decretar como si Dios fuera un empleado al servicio de nuestros caprichos.

El líder religioso de la Iglesia luterana alemana asesinado por el régimen Nazi, Dietrich Bonhoeffer, escribió: “Dios no cumple todos nuestros deseos, sino todas Sus promesas”. Y es con este profundo pensamiento que podemos diferenciar al dios genio mágico de los deseos de nuestro Dios de amor.

En medio de nuestras necesidades debemos saber qué pedir con humildad y cuándo pedirlo, confiando en que, en su infinita misericordia y sabiduría, el Padre celestial nos dará lo justo y necesario para nuestro bien y el de nuestro prójimo. San Agustín aclaró que Dios nos concede las cosas cuando nuestro corazón ya está preparado para recibirlas y nos las concede si eso que pedimos es para nuestro bien.

En la pobreza, la enfermedad, la salud y la riqueza, el creyente debe ponerse al servicio del Señor, no esperando reconocimiento en la tierra o corona en el cielo, sino como dice aquel soneto atribuido a San Juan de Ávila, que sea simplemente por amor:

No me mueve, mi Dios, para quererte

el Cielo que me tienes prometido

ni me mueve el Infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muéveme tus afrentas, y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera Infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

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