LA UNIDAD ANTE LA TRAGEDIA, conmemoración del World Trade Center

Hace 17 años el mundo fue impactado por imágenes que parecían salidas de una película de ciencia ficción. La ciudad de Nueva York, emblema de la libertad y el encuentro de culturas en los Estados Unidos, era víctima de uno de los peores ataques de la era moderna. El Centro Internacional de Negocios se desplomaba cobrando la vida de cientos de inocentes que ocupaban los edificios, que viajaban en los aviones que chocaron, incluso la vida de muchos rescatistas y policías. Las repercusiones políticas y comerciales y el dolor por la tragedia alcanzaron a todo el planeta.

Inmediatamente la solidaridad y la empatía comenzaron a florecer en homenajes públicos y privados que intentaron llenar de consuelo a los sobrevivientes, a los familiares y amigos de las víctimas y a toda la nación que sentía profundas emociones de tristeza y enojo ante lo sucedido. El mundo vio como el pueblo norteamericano dejó de lado las diferencias y se abrazó para buscar perdón, alivio y esperanza.

Este no es el único ejemplo que podemos dar sobre la unión de los pueblos como respuesta a una tragedia inesperada. En Latinoamérica la solidaridad y la misericordia se hacen presentes cada vez que los desastres naturales azotan y en Europa es similar la reacción frente a los recientes ataques terroristas, así que estas situaciones son motivo para que la gente elija instintivamente el amor y el respeto.

Entonces… ¿Tiene que ocurrir algo malo para que nos unamos?

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Es cierto que el temor es un sentimiento muy poderoso que ha logrado unir hasta a los más dispares en situaciones límites, pero sabemos que el amor, por mucho, es un sentimiento inmensamente más poderoso. (1 Juan 4:10)

La respuesta entonces, para evitar correr a unirnos solo ante el miedo o el dolor, es estar unidos desde antes, situación que si logramos llevar más allá de “nuestro metro cuadrado” con nuestro testimonio y las enseñanzas del evangelio, puede cambiar al mundo de tal manera que nunca más tengamos ni siquiera que enfrentar eventos plagados de tanta violencia y odio. Así podremos vivir plenos en libertad.

Cuando sabemos que todos somos igualmente hijos amados de Dios ¿qué nos podría separar?. La palabra lo dice en la Carta a los Romanos 8: “Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. Entonces no vuelvan al miedo; ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abba!, o sea: ¡Padre! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, somos también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo. Y si hemos sufrido con él, estaremos con él también en la Gloria.” Palabra de Dios.

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