Por la hermana Rose McDermott, S.J.J., delegada por los religiosos de la Diócesis de Trenton

El 2 de febrero, 2021, celebramos el 25 aniversario del Día Mundial de la Vida Consagrada en la Iglesia Católica. En su carta del 18 de enero del 2021 a las personas consagradas para marcar esta ocasión, el cardenal João Braz de’Aviz, prefecto de congregación por los Institutos de la Vida Consagrada y las Sociedades de la Vida Apostólica, llamó a todas las mujeres y hombres consagrados de los institutos religiosos y seculares, sociedades de la vida apostólica, vírgenes y ermitaños consagrados a ser “samaritanos del día de hoy – para ir más allá que nosotros mismos, aceptar el dolor, sufrimiento y pobreza de tantos hombres y mujeres por el mundo”.

El cardenal de’Aviz también pidió a las personas consagradas enfocarse en la encíclica reciente del papa Francisco, Fratelli Tutti, para responder a través de nuestro testimonio y servicio con una “nueva visión fraterna y amistosa al contrario de los intentos del día de hoy de eliminar o ignorar a otros” (FT 6). Estas súplicas del cardenal de’Aviz y papa Francisco traen a la mente el principio de Gaudium et Spes, la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1).

No es trabajo fácil, mientras nuestro país, junto a otros, confronta meses de la pandemia, el contagio de infección, y la pérdida de vida – además de todas las fallas humanas y dificultades económicas – mientras nuestros propios institutos faltan de vocación y sufren de la muerte de miembros queridos.

Al reflexionar sobre estas súplicas, me di cuenta de que este llamado clarísimo sea no solamente para quienes de nosotros seamos de “la vida consagrada”, sino a todos nuestros hermanos y hermanas, los fieles cristianos, consagrados por el Bautismo y creados para compartir en el ministerio trinitario de Cristo. Aunque las palabras “vida consagrada” aplican de manera específica a aquellos siguen a Cristo a través de los concilios evangélicos, todos los cristianos son consagrados y enviados a través de su Bautismo a fomentar la Iglesia y atestiguar al mundo.

Sí, estamos llamados a ser samaritanos modernos que responden a los demás con “una nueva visión fraterna y amistosa” (FT 6). Hagamos que esta súplica sea nuestro testimonio y misión.

Cuando me pongo a reflexionar sobre aquellos que me ayudaron reconocer mi vocación, comienzo con mis padres. Nunca, nunca puedo pensar en ningún momento cuando ellos faltaron el respeto a otra persona. De alguna manera, (no por asistir ningunos cursos de teología), ellos reconocieron a todas las personas como creadas semejantes a la imagen de Dios.

También recuerdo a las mujeres religiosas increíbles quienes enseñaban en nuestras escuelas primarias y secundarias. Con ellas, yo recibí una educación de primera clase que me formó en mi fe y los principios cristianos a través de su testimonio y servicio. No solo enseñaban muchas horas en nuestras escuelas, sino que encontraban tiempo después de escuela y los domingos para acoger a los niños de las escuelas públicas y acompañarlos con el mismo testimonio y servicio.

Hoy, de parte del obispo O’Connell, tengo el privilegio de servir a aquellos en la “vida consagrada” en la Diócesis de Trenton. Al anticipar el 2 de febrero, me uno al cardenal de’Aviz y nuestro Santo Padre en pedir a no solamente quienes yo sirvo, sino a todas las personas bautizadas, consagradas en nuestra Diócesis, aceptar esta súplica: ser samaritanos, aceptando el dolor, sufrimiento y pobreza de tantas personas por el mundo. Si no podemos alcanzar o compartir con estas buenas personas en persona, ciertamente podemos orar por ellas. De esta manera, nosotros cristianos, personas consagradas, haremos nuestra la misma oración de Cristo, “… que sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti…”

La hermana Rose McDermott sirve en la oficina del clérigo y vida consagrada de la Diócesis como la delegada para los religiosos.